Asidua de diarios y biografías celosamente escogidos, aprendí de los mejores que no hay como entintar el lado oculto para revelar lo difícil que es la condición humana. Nada que ver con diarios/agenda ni diarios/bitácora ni con panegíricos o páginas-registro para lectores por venir: de eso, nada: jamás detenerse a escrutar la miga en manifiestos narcisistas o abiertamente amañados porque de antemano se asegura el tedio, la impostura o la confesión del revés. En privado y sin la presión del mañana, en el verdadero diario se cuenta a todos lo que no se confía a nadie; y, como de magia, cualquiera que sea la profundidad de su lectura según la natural complicidad del lector, nunca se violenta la intimidad del autor.
En las páginas del alma se vuelca la lengua del uno-mismo. Única en su género, esa lengua habla y dice mediante la escritura lo que se calla ante los demás. Acaso prolongación simbólica del cordón umbilical que revela lo que estaría fuera de lugar en otros géneros literarios, no importa en cuál idioma se exprese porque, por su esencia, remite por necesidad a la lengua materna, a la palabra del origen; es decir, en la página diaria se vuelve a la voz primera, la que es en sí, aun sin saberlo.
Tengo los Diarios 1984-1989 de Sandor Márai entre los que mayor impresión me han causado. Al margen de los anteriores, este es un librito de apenas 219 páginas que releo hasta deletrearlo casi sin darme cuenta. Solo, con una debilidad que le impedía valerse por sí mismo, a los 89 años de edad no deja de leer, aunque la memoria le falla, ve borroso y camina con dificultad. La última página es el cierre de su existencia, pero anticipan el drama de su suicidio agudas observaciones sobre la vejez: Vienen a verme curiosos que me miran como si fuera un perro políglota en un teatro de variedades. La vejez convertida en un espectáculo. ‘Mirad -dicen-, todavía no se babea, todavía sabe hablar, sabe contar hasta tres, ¡y a su edad! Es un milagro,’ Se asoman al pozo de la vejez. Todavía no saben que el viejo prefiere la soledad porque es lo único que no le aburre.
Desde hace años, a este brillante escritor húngaro le ha dado por meterse en mi sueño nada más porque sí; quizás porque toca fibras demasiado profundas que aparecen/desaparecen como mensajes cifrados. Casi integrado a mi lenguaje onírico, no sabría si algo agrega a lo no escrito en su obra o solo me hace cavilar en frases que, por la magia de las letras, bucean en la memoria recóndita. Así, por ejemplo: la ira es una emoción humillante indigna del hombre. Quizás porque padecí a un iracundo que solía dividir a la humanidad en dos categorías absolutas: la derecha o la izquierda…, soy especialmente sensible a los estallidos diabólicos que provocan tremendos giros de tuerca en las historias públicas y privadas. Acaso tengo en el inconsciente muchos de sus párrafos porque Márai compartía mi afición por las Meditaciones de Marco Aurelio, o tal vez por la curiosidad compartida que adquiere brillo a medida que voy sabiendo de lo que se trata la cuenta de los días. Y es que, al margen de la edad, Llega el tiempo en que uno ya no espera respuesta, no discute con el destino, lo abraza. Hay que aceptar el destino. No existe otro modo de soportar la crueldad de la vida…
Con él repito la duda de si con la edad nos hacemos sabios o menos brutos, aunque, después de todo, la respuesta carece de importancia. Pienso también si la verdad de los otros se descubre cuando se han ido: algo así como levantar un velo y ver lo que no sabíamos. O si con Schopenhauer decimos ¿Usted todavía necesita a Dios?... A propósito de la enfermedad y la muerte de su esposa, también de avanzada edad, hace una descripción tremendamente cierta de la crueldad del sistema hospitalario estadunidense y del mercantilismo inhumano alrededor de la enfermedad. Dan ganas de mandarle a la tumba la información faltante de lo que padecemos nosotros acá, en este submundo donde la dignidad, la salud y la muerte son privilegios que la mayoría desconoce.
Desde el momento de la gestación, la enfermedad es la prueba cotidiana de la realidad social y un indicador inequívoco de la clase de país al que pertenecemos. Cabe decir que en México, por ejemplo, el clasemediero y el pobre forman el conglomerado de los “condenados de la tierra” porque, dada la precariedad de los servicios vinculados a la salud, al cuidado y a la prevención, en su oportunidad sufren en carne propia la ausencia de compasión. Y es que la dignidad humana, en autocracias como la infame que nos ha tocado en suerte, carece absolutamente de importancia. En este sentido y desde la perspectiva del país más rico del mundo, la experiencia de Márai es invaluable.
Claro que siempre estarán Kafka, Virginia Woolf, Pessoa, Anaïs Nin, Malraux, Ana Frank, Sylvia Plath…, entre los infaltables de este género que -bien visto- es cimiento y estructura de las letras. Como diría Cesare Pavese, muestra “el oficio de vivir”, desde la perspectiva del oficio de escribir. Para los escritores es el día a día de la manera de estar, ver y comprender el mundo. En ese aspecto, las revelaciones de Márai son invaluables, especialmente en la medida en que la edad y sus vicisitudes nos van exponiendo a la deshumanización del entorno e inexorablemente, en la otra orilla, descubrimos que el dolor, la debilidad y la soledad van ocupando espacios de la razón y las emociones antes concentrados en el culto a la vida/viva.