Camino de Santiago, 2

Desde que la criatura da sus primeros pasos prefigura un camino. Varían el ritual, la distancia, la forma y el sentido con que se recorre de un punto a otro. Se puede confirmar o evitar el sendero, pero cada uno ha de andar lo que le ha sido dado. Lo importante es comprender qué y para qué se busca algo o nada con tanto ahínco. Y si nadie escapa al propio destino, de acuerdo a los griegos remotos, es mejor valorar sus avisos. Las caminatas enseñan que la Naturaleza, como la vida, tiene sus reglas: las respetamos o nos volvemos contra ellas. Cuando esto sucede, el medio, la mente y el cuerpo saben cómo cobrarse.

Excepto la sensación de que mi destino estaba en pausa o como dormido, nada podía vincularme a la flecha amarilla ni al dibujo del peregrino que guían el sendero. Consciente de mi condición fantasmal, intuí que algo debía esclarecer entre los Pirineos y Galicia. Cerré mis páginas, estudié la geografía y lo que tenía que saber y, sin expectativas ni pretensión de pertenecer a la raza de los que se creen importantes, me aventuré a lo desconocido. Nunca supuse que los vestigios románicos y renacentistas me provocarían tal estado de encantamiento. Subir y bajar montes a pie, sólo tuvo un propósito: confirmar el valor de la libertad y el silencio.  No pedí más.

 Estar dispuesta a lo que el camino depara no significa que las costumbres no pesen al pernoctar en albergues más incómodos que modestos y algunos con pulgas y rateros furtivos.  Sin embargo, desapego y un buen cobijo causan milagros.  Mal comer y dormir durante semanas de errar por pueblos pequeños o deshabitados, en viñedos, huertos, bosques, carreteras y villas, se compensa con el talante español y el novedoso interés de recuperar sus paisajes. Y a eso se va, a fin de cuentas: a probar lo ajeno y, con suerte, a descifrar lo vivido con estupefacción y cansancio.

Gente hay, aunque no en todas partes ni en los mismos horarios. Unos hablan de más; otros se agrupan por temor a la soledad.  No faltan los que suponen que cambiarán del negro al blanco en sus vidas solo por caminar o que su tedio se acabará como por arte de magia. Si algo se aprende es que no hay madurez: la enfermedad del siglo es el tedio. Durante kilómetros, solo escuchaba el chaz chaz de mis propias pisadas. De repente, un riachuelo, pájaros en vuelo, el jabalí a lo  lejos,  vacas o corderos: la otra expresión de la vida sin fantasías ni dudas existenciales. Aparecen mujeres de manos rudas y rostros surcados de arrugas que atizan fogones frente al portal. Perros que ladran, viejos sentados al sol, construcciones de siglos y bebederos que quizá conoció Francisco de Asís al peregrinar por aquí.  Por momentos la palabra es puente entre dos orillas y se queda ahí, suspendida, en hablantes que algo quieren y buscan, pero no saben qué. La palabra también es luz y su ausencia: la sentía, a menudo la tocaba y en dos o tres ocasiones, en pausa sagrada, era poesía que pedía ser nombrada. A más avanzaba, mejor se aclaraba el mensaje de que para ser feliz es el sendero y no el de Santiago, sino cualquiera y de ahí en adelante.

En Navarra, todo era húmedo, nebuloso y tan frío que calaba hasta el hueso.  Luego, hiriente el calor en León, nevada como regaño del cielo en el idílico Cebreiro, templado después, aunque variaba a capricho... El clima otoñal era espejo del alma. Antes del alborear emprendía en soledad mi jornada.  Atenta al oriente, aguardaba la aurora. La amanecida era hermosa, tan quieta y cabal que la felicidad me colmaba.  Por ir absorta en el estallido de luz,  en una ocasión tardé en percatarme de que no estaba sola.  Me acompañaban otras pisadas, el picoteo de bastones sobre la tierra y  el peculiar sonido de la respiración masculina. Reinaba un silencio hondo, como de meditación nocturna o expectación, que me hizo girarme para ver a tres hombres que caminaban en fila cerca de mí. Sonreí y avanzamos en paralelo sin mencionar una frase.

Pasados unos kilómetros, en plena mañana, nos detuvimos en la cima de una colina frente a una ermita románica del siglo XII, que en Torres del Río se anunciaba idéntica a la del Santo Sepulcro. Intercambiamos las primeras palabras al lado de un cementerio y una iglesia muy bella y cercana a la Ermita de Nuestra Señora del Poyo. El que hacía de guía me miró de fijo y repitió sonriendo: L’amore que muove el sole e l’altre stelle…  Comprendí que estuvo atento a mi fascinación por el alba. Nos preguntamos por qué hacer el Camino: “para situarme entre el silencio y la palabra”, respondí; y él, a su vez, me dijo que por causas religiosas, que por cierto también abundan. Hacía tiempo los tres deseaban peregrinar a Santiago desde Saint-Jean-Pied-de-Port. Que dos de ellos eran misioneros; el tercero, italiano también, era su hermano mayor –laico, casado y con hijos- y estaba ciego, aunque me costara creerlo. Por eso marchaban uno detrás de otro, para iluminar la senda, indicar la presencia de piedras, agujeros u obstáculos y evitarle traspiés o alguna caída.

Francesco tuvo la gentileza de aclararme que su hermano es músico e independiente desde niño. En Italia se le reconoce por sus habilidades extraordinarias para sortear escollos, reales y simbólicos. Para ellos era un privilegio hacer juntos y en silencio el Camino. Viajaban como perfectos peregrinos: sin dinero y “atenidos a la Providencia”, por lo que llegar al sepulcro del apóstol Santiago sería una gran bendición. En ese momento la “Providencia” recayó en mí, así que les invité el desayuno, nos colocamos mochilas, gorras y bastones y continuamos la marcha por una campiña más pedregosa, cuesta arriba y pesada cuanto más nos aproximamos a Viana.  En Logroño vendría a descubrir que el segundo hermano era especialista en  Dante y que el destino me reservaba uno de los encuentros más fructíferos y felices de esta experiencia.

Compartimos jornadas hasta llegar a senderos llanos. Aparecieron más cuestas, desniveles, arroyos, peñascos y descensos tortuosos que veía con terror pensando en el caminante ciego. A veces lo veía titubear. Cerca de un coto de caza, la vereda se estrechó en terreno montañoso y difícil. Había que descender poco a poco, auxiliados por piolas, pues la vía era reducida y erraba al filo de una cañada para ponerse a temblar. A la izquierda, allá lejos y abajo, divisaba un hermoso valle cercado por franjas verdes en desniveles; nada preciso al frente, y a la derecha sólo la cima. Apareció un grupo de jóvenes que, a voces, celebraba la juerga de la noche anterior. Entre su barullo y la confusión, el invidente perdió la concentración y cayó doblado por el peso de la mochila. Quedó atorado con uno de sus bastones. Ni siquiera emitió un quejido. Se hizo el silencio. Nadie se movió. Me acerqué a ayudarlo, le tendí la mano y se levantó por él mismo con las rodillas ensangrentadas. Otro asombro, nuevas lecciones: el hombre bromeó y atribuyó los raspones a la inconveniencia de traer pantalones cortos. No se dijo más y seguimos andando. La palabra, la actitud meditativa, la voluntad del invidente, la oscuridad, una amanecida brumosa y penetrada por la flecha de luz, la Aurora: como atravesada por un rayo entendí la cifra de mi camino.

Los nostálgicos de las carreteras se vuelven peregrinos apresurados que rebasan a pie. Otros, más confortables, comen queso, pan y vino sentados  a cielo abierto. Pese a largas jornadas en solitario, lo que se escucha de manera furtiva suele ser exaltado y autobiográfico. Y es que Santiago, o el mito del apóstol que continúa atrayendo a viajeros de todo el mundo, anda mezclado no solo al símbolo fundador de la hispanidad, sino a la secreta esperanza de experimentar un cambio radical en la vida. Su leyenda refleja la rica imaginación de la antigüedad, mucho más viva y diversa de lo que cualquier credo es capaz de prodigar para atraer feligreses. Hay que reconocer que la versión religiosa sobre la vida, la muerte y los sucesos póstumos relacionados con este oscuro discípulo de Jesús es pródiga y atrayente. No hay indicios de que fuera sabio, tampoco piadoso ni buen orador, pero la fe obra milagros y lo que menos importa es la carga de realidad. Nadie da cuenta de su presencia en el vía crucis ni de los medios que le permitieron desplazarse desde el medio Oriente hasta el confín del occidente peninsular; no obstante su memoria renace bajo el deseo de creer que siempre hay algo más y de raíz antigua; algo teñido de amor, voluntad o misericordia. Eje del peregrinaje inclusive entre indiferentes, lo cierto es que, a querer o no, el santo acaba por convertirse en tema central de los caminantes.

Uno de los doce apóstoles de Jesús, hijo de Zebedeo y hermano menor de Juan, Santiago comenzó a interesarme desde que lo descubrí en la mitología medieval. Pescadores de oficio, los hermanos echaban sus redes en el lago Genesaret cuando Cristo los apodó “Boanerges” –hijos del trueno-, por su natural impetuoso. Los Hechos de los Apóstoles relatan que participó en el milagro de la hija de Jairo, que atestiguó la Transfiguración y, con Pedro, acompañó a su Maestro a orar en el Campo de los Olivos. Tras la tragedia de la Crucifixión, los apóstoles se dispersaron para divulgar por el mundo la Buena Nueva. Santiago marchó hasta los reinos de España. Estableció una comunidad en Galicia y luego se dirigió a la ciudad romana de César Augusto, hoy Zaragoza. Cuenta asimismo la tradición que como solo siete personas se convirtieron al cristianismo, se le apareció la Virgen Santísima en esa ciudad para facilitar la evangelización e iniciar el culto a una nueva advocación, la Virgen del Pilar, que a la fecha disfruta de un enorme prestigio.

Primer apóstol martirizado, otra de las versiones asegura que a su regreso de España fue decapitado por orden de Herodes Agripa I quien, arrepentido, compartió el mismo fin por su propio deseo. Conocido como El Mayor para distinguirlo del apóstol Santiago el Menor, comienza su fábula a partir de que, supuestamente, sus discípulos recogieron su cuerpo mutilado y se embarcaron con él con rumbo a Galicia.  Mitificado siglos después por su conveniente cercanía con Cristo, se entroniza como Santo Patrón de la Hispanidad, gracias a que lo elevan a protector durante las gestas cristianas contra los moros. Así lo encumbra Isabel de Castilla como católica y monarca absoluta tras expulsar al Islam, cuando peregrina ella misma al santuario para agradecer sus favores.

Como ocurre con las buenas historias de la Antigüedad, la suya es insólita. Por sus andanzas sobre el agua, su don de la ubicuidad, las apariciones, el hallazgo de su tumba y los incontables milagros que se le atribuyen, Santiago el Mayor es mucho más que mensajero del Verbo, aunque el arameo fuera su lengua. Con él se instituye el albor de una patria espiritual, pero sobre todo del español: idioma en ciernes durante la Edad Media, pero fusionada al evangelio por obra y gracia del Espíritu Santo.

 El hecho es que los peregrinos acuden a Compostela por las causas que sean. Si bien hay quienes aseguran algo muy hondo les dejó el Camino en el alma, lo común es que nadie regresa como llegó, aunque sea por fastidio. Respecto de lo religioso, el ritual concluye al posar la mano sobre la mano supuestamente marcada por el mismísimo apóstol en la columna de mármol, tras el umbral del santuario.  Luego, juntar la cabeza a la del santo esculpido en piedra. Visitar la cripta bajo el altar, donde se resguarda el mítico féretro trabajado en plata. Finalmente, subir por un pasadizo para acceder al altar mayor y allí, desde un estrecho recinto, abrazar ante la vigilante mirada de un guardia ataviado al uso medieval, la espectacular, dorada y enjoyada figura de bulto del Señor don Santiago.

Al término de una misa solemne, con suerte se podrá disfrutar del espectáculo a cargo del Botafumeiro. Ocho hombres con túnica medieval mecen de lado a lado, mediante un sistema de poleas activadas por sendas cuerdas, el impresionante incensario de  plata que a oleadas perfuma el templo. El influjo oriental cubre los sentidos y un general sentimiento de santidad o de fe consigue, al menos por un instante, la sensación de experimentar lo sagrado. Se cierran entonces lo ojos y se sabe lo que se sabe: el Camino está ahí, sin cesar y adelante.

Camino de Santiago, 1

Por devoción o por voto, hay indicios de que los cristianos comenzaron a peregrinar en la Baja Edad Media hacia sitios consagrados. Jerusalén fue durante siglos el sagrario por excelencia. Sin idea del regreso, carentes de bienes y expuestos a lo que la fe o el destino les deparara, los palmeros sobrevivientes consumaban su largo vía crucis arrodillados frente al Santo Sepulcro. El día después quedaba en manos de Dios. Cuanto más se agotaban las tierras y asolaban los males, mayores y más frecuentes eran los desplazamientos masivos, de preferencia liderados por figuras mesiánicas que entremezclaban religiosidad y conflictos sociales.

Ante la necesidad de multiplicar referentes sacrosantos, la tumba de san Pedro convirtió a Roma en meta occidental del peregrinaje. Los romeros eran acreedores de las mismas indulgencias plenarias otorgadas a los palmeros en los santos lugares. Se podía lucrar para sí mismo o aplicar a los muertos la remisión ante Dios de las culpas cometidas.  Se esperaba, además, que ocurriera siquiera un milagro, aunque no morir en la aventura ya fuera de suyo un prodigio. En tiempos en que el catolicismo se encontraba amenazado por el Islam y luchas territoriales, los beneficios prometidos eran infinitos: expiaciones súbitas, vías de redención, manifestaciones divinas o de santidad y arrebatos místicos tan memorables como los de Joaquín de Fiore.

Debido a las malas condiciones reinantes, solo la escatología milenarista podía atreverse con tales desplazamientos multitudinarios. Por analogía de los grandes movimientos migratorios actuales y con la relatividad obligada,  no es difícil imaginar los peligros que acechaban a cientos o miles de harapientos entregados a la mendicidad y a la rapiña, mientras avanzaban esperanzados en experimentar lo sagrado. En el mejor de los casos recibían el auxilio caritativo de monjes y aldeanos, pero los albergues eran insuficientes y pobres los recursos disponibles, aun para los lugareños. Desde los primeros pasos quedaban expuestos a tremendas vicisitudes durante meses y a veces años de vagar por rutas inhóspitas. Agréguense los efectos de las Cruzadas, las supersticiones, problemas lingüísticos aunados a la ignorancia, enfermedades, embarazos y nacimiento. Era sin embargo tan apreciada la recompensa prometida que, igual que la práctica respectiva de otros credos, no se concebía la espiritualidad sin peregrinar siquiera una vez en la vida.

El mercadeo de reliquias, distintivo de todo el Medievo, estaba en apogeo. Podían comprarse gotas de la leche de la Virgen María o de la sangre de Cristo. Eso, por decir lo menos, porque lo común eran astillas de la cruz, espinas, pañales del Niño Jesús, fragmentos del Santo Sudario, uñas, dientes o partes del cuerpo de santos, restos del pan de la Última Cena y Santos Griales por montones: solo la codicia de los mercachifles se equiparaba a la fe ciega de peregrinos que, nada más por seguir con vida, ya podían tomarlo como milagro. 

En andaduras en las que todo era posible, no podían faltar el sinfín de historias de conversión, estallidos emocionales ni transformaciones radicales de la personalidad. Como nunca se acreditó el poder de la oración y, más que meditar o valorar el silencio, los caminantes cantaban, peleaban, realizaban mortificaciones del cuerpo y hacían cuanto, en escala, se observa entre nosotros durante las peregrinaciones anuales hacia el santuario de la Guadalupana. El prolongado encarnizamiento de las Cruzadas hizo sin embargo insostenible la hazaña de siquiera aproximarse a los lugares sagrados. Aunque escoltados por caballeros templarios y protegidos en hospitales, refugios y monasterios construidos para esos fines, los fieles devotos eran atacados por  bandoleros, infieles y hasta por combatientes afamados por su ferocidad. Así que no quedó más remedio a la jerarquía eclesial que discurrir alguna alternativa simbólica para que no se afectara el culto ni los fieles devotos tuvieran que renunciar a los peregrinajes rituales.

Y allí estaba el referente del apóstol Santiago, “el primer peregrino de la historia”, con todos los elementos, sagrados y profanos, para crear una ruta que no solamente atrajera la atención de los creyentes, sino que consolidara la resistencia armada al poder musulmán de Al-Andalus que tanto preocupaba a los reinos cristianos de la Península. En la abultada población de advocaciones y santos que presiden cultos inamovibles a lo largo de siglos, pocos en el mundo podrían competir con las atribuciones del Señor don Santiago, Jacobo o Jaime, según los usos y lenguas locales.

No es casual que durante la regencia de Alfonso II El Casto, en la primera mitad del siglo IX, se produjera el milagroso descubrimiento de su tumba. Inmersos en las luchas internas contra “los moros” que, como se sabe, no concluirían hasta la caída de Granada, en el simbólico 1492, era inminente alentar a la feligresía con algo extraordinario y capaz de elevar la religiosidad. Según datos consignados en la Concordia de Antealtares (fechado en 1077), primer documento sobre el hallazgo y sus subsecuentes prodigios, el suceso ocurrió en Solovio, en el bosque de Libredón, donde Pelayo, un humilde ermitaño, observó resplandores misteriosos durante varias noches. Al describir lo sucedido a Teodomiro, obispo de Iria Flavia, éste determinó –y así lo informó al rey Alfonso- que “el Campo de Estrellas” indicaba el sitio donde estaba el Arca Marmárea en la que yacían los restos de Santiago el Mayor y sus discípulos Teodoro y Anastasio, a quienes en breve se honraría con la construcción de una iglesia.

Señalada por la revelación de rigor, la tumba del discípulo preferido de Jesús se localizó en un punto ideal, entre la magia y el simbolismo astronómico que, de tan perfecto para transformarse en santuario, era de creer que solo el Señor pudo haberlo elegido. Renombrado Compostela (Campo de Estrellas) desde ese momento, el lugar era lo más cercano a Finisterre, el extremo occidental de Europa, y precisamente la Vía Láctea sería el indicador inequívoco del camino para la cristiandad, desde cualquier rumbo del Continente.

Desde los agitados siglos IX y X, en los que no faltaron enfrentamientos políticos ni religiosos, el santuario asturleonés de Santiago de Compostela se consideró uno de los puntos con mayor magnetismo de la Tierra. Tal fue la atracción que ejerció desde sus orígenes, que en el año 899 Alfonso III el Magno ordenó la construcción de una gran catedral para alojar las reliquias del apóstol. Hábil si las hubo, tal decisión compartida por sendos monarcas leonés y asturiano contribuyó a hacer del santo patrón el abanderado de las fuerzas cristianas en contra del dominio de Al-Andaluz. En torno de su nombre proliferaron mitos y leyendas insólitas que, por sentado, contribuyeron a extender su prestigio como el gran unificador de España. Precisamente a la voz de “Santiago y cierra España”, de él llegó a asegurarse que siempre armado sobre el caballo, tal como se le representa hasta la fecha, intervino en la sangrienta batalla de Clavijo y no paró de abatir “infieles” hasta la última contienda.

A partir de 977, cuando Almanzor destruyó Santiago en pleno dominio del califato de Córdoba, aunque respetara la tumba por su alto valor espiritual, se hizo tan expansiva la fama milagrera del santo que la afluencia de peregrinos obligó a los reyes a construir no solamente una catedral románica que reflejara la significación del sitio, sino puentes, hospitales y hasta una ruta consagrada por el Papa Calixto II. El sagrario se hizo invaluable para la cristiandad y un privilegio tutelado por la jerarquía eclesial. De ahí que el Papa Alejandro III concediera en 1179 la bula Regis Aeterna,  que determina Años Santos o Jubilares a aquéllos en los que el 25 de julio, día de Santiago, caiga en domingo; es decir, cada seis años.

La traza primitiva de aquella ruta, olvidada durante siglos, se recobró en 1993 para habilitarla, gracias al fondo de la Comunidad Europea, como alternativa económico-religiosa para compensar a los campesinos afectados por las nuevas reglas del mercado.  Desde entonces identificado como “Camino Francés” o “Ruta Jacobea”, este es uno de los peregrinajes más frecuentados, importantes y mejor diseñados de la modernidad.

Llena de anécdotas antiguas y modernas, la historia del Camino de Santiago es tan fascinante como la experiencia de realizarlo a pie y despojada de todo artificio, como los remotos creyentes. Aunque las otrora codiciadas indulgencias plenarias hayan perdido valor, en la actualidad no hay peregrino que no se aventure con un propósito espiritual, aunque no por necesidad religioso. Para el budismo, el camino implica una progresión hacia el despertar mediante la práctica de perfecciones tales como disciplina, paciencia, energía o meditación: justo lo que, a querer o no, se va manifestando al ritmo del paso a paso de quien decide poner una pausa en su vida para mirarse y mirar sin expectativas, abierto a lo que el trayecto le dicte.

En mi caso, la fidelidad al Medievo me hizo elegir esta ruta que une cualquier sendero de la vieja Europa hasta el Atlántico o “Tumba del Sol”, que ilumina la maravillosa geografía de Finisterre. Deseaba además conocer la senda romana de Burdeos a Astorga, colmada aún de vestigios relacionados con la acción expansiva de Carlomagno; y, muy especialmente, ir en pos de un mito diverso, múltiple y sembrado de huellas enriquecidas durante casi 900 kilómetros que, iluminados por la vía láctea, separan Saint-Jean-Pied-de-Port y Roncesvalles de Compostela; y, de ahí, tras asistir a la infaltable ceremonia de bienvenida en la Catedral, al Finisterre obligado; es decir, una andadura de Este a Oeste, desde los Pirineos hasta el término territorial de Galicia: fin occidental de la Península y del Continente, del que los celtas afirmaran que era el sitio más próximo a la remota y mítica Atlantis.

Nostálgicos y herederos de su legendario esplendor, fueron precisamente los celtas quienes indicaron, con el auxilio de las estrellas, el lugar dónde supuestamente subyace la Atlántida. Que de ahí procede una poderosa fuente de energía cuyos signos de agua, tierra, cielo, horizonte y civilización perdida convergen donde el ocaso y la aurora se juntan. Eso explica que, centro y eje radial, la luz en Finisterre produzca un deslumbramiento poético: resplandor que lenta y premonitoriamente, como adueñado de lo sagrado, se disipa entre la claridad y la bruma empecinada en mostrar -y paradójicamente velar- un verdadero portento.  De pronto se van, se pierden el albor y el color, pero en nada disminuye la plenitud que vivifica y transforma el ser interior.

En los peñascos de Finisterre y ante el paisaje marino, vi la luz sin cobijo, como inmensidad sin horizonte. Término, continuidad y comienzo, el Camino –o el mito de este camino-  se manifestó como un des-nacer; algo parecido a un proceso de ser no nuevo ni distinto, sino renovado por el andar de atrás adelante, de Este a Oeste y de orilla a orilla.  En mezcla de coraje, curiosidad, deleite y sensatez, me entregué no al esfuerzo físico, sino al valor que, paso a paso, debí acumular para avanzar sin caer y sin confundir el sendero en recodos y puntos tortuosos. El miedo a lo desconocido, la incomodidad de la mochila y la tentación de acortar la etapa prevista no fueron los únicos y ni siquiera los principales obstáculos porque en casos así, donde priva el silencio, la mente se encarga de atenazar por donde menos se espera.

Lo que se dice miedo, casi nunca lo tuve, salvo en una jornada en que, sin trazas de amanecida, sin Luna ni parpadeo de luceros, me aventuré fuera de las murallas de un pequeño poblado con olor a pimiento asado llamado Los Arcos. Linterna en mano, salí del pueblo creyendo que no me intimidaba oscuridad tan cerrada; sin embargo, antes de transcurrir el primer kilómetro, el cuerpo resintió las malformaciones de mi cultura femenina y mexicana, aunque mi propia naturaleza me impeliera a seguir, convencida de que nada habría de ocurrirme. “Nunca desafiar mis límites”, me dije en susurro. Luego, atenta al recuerdo de lápidas, sepulcros, nombres con fechas y nichos funerarios de muertos en el camino, agregué que ninguna temeridad me convertiría en uno de ellos. Y seguí…

Noticias del infierno


Llevamos la idea del infierno pegada a la piel como segunda naturaleza. Al crecer, la angustia supera las fantasías dantescas de creyentes azuzados por demonios que atizan llamas eternas. Lugar o no-lugar, es la pesadilla que iguala al hombre moderno con culturas remotas. Más allá, ultratumba, averno, abismo, antro, tártaro: ninguno de sus nombres mitiga el efecto del miedo ni de la tiniebla en almas afectadas por una íntima vergüenza, la incertidumbre o el remordimiento que sube a la superficie después de haber sufrido o cometido faltas extremas.

Si para Sartre el infierno “es el otro”, hoy sabemos que su reino subyace en las honduras del ser. Lo llevamos en la memoria con la misma eficacia con que las Erinias, en la remota Grecia, perseguían desde dentro a los culpables de ciertos crímenes, para hacerles pagar el daño causado en su propia conciencia, hasta reducirlos a piltrafa. Tan prolongada creencia en un poder justiciero y tremendo nos lleva a suponer que, sin tales amenazas, administradas con habilidad por las religiones, nada detendría el impulso de una humanidad inclinada al Mal. Y es de creer que algo fallido hay en nuestra naturaleza, pues si la infamia es de pies ligeros, el Bien exige siglos y enormes esfuerzos civilizadores, siquiera para lograr pequeños avances.

Lo cierto es que si los pueblos se conocen por sus dioses, el lado oscuro proyecta el poder que lo ignoto, el terror y la crueldad ejercen en la conducta. En la historia de las creencias, el infierno es un traslado sin retorno hacia más allá del ser, a la región de los muertos; sin embargo, ninguna ficción se compara al padecimiento real de los vivos. Para unos, el averno es desgarrador, sombrío y en incesante lucha contra el absurdo y el sufrimiento. Para otros simboliza el vacío, la nada o el peso insoportable del remordimiento. En mayoría carentes de luz, los submundos figurados derrochan desesperanza, tristeza o melancolía. Ciertas pinturas los representan con aberturas para mostrar el infortunio de los vivos-sin vida y sin vía de expiación. Su íntima turbación se proyecta en el  espejismo “creado” mediante ilusiones que, con puntualidad, resaltan el carácter de cada época. De ahí la abundancia de ejemplos que ilustran el angustioso poder del Miedo, con o sin mediación de la fe religiosa.

Para que el infierno lo sea, se requieren demonios o agentes perversos para ejecutar las condenas correspondientes. Enkidú, el primero de todos, fue amigo y servidor del heroico Gilgamés. A él se atribuye la supuesta existencia, en Mesopotamia, de espíritus con mala suerte: tropa de réprobos, los edimú, encargados de atormentar a otros que, en su común amargura, emponzoñan cuanto tocan.

Desde 50.000 años a.C, los entierros rituales dejaron constancia de la necesidad de creer en algo después de la muerte. El tránsito hacia lo inanimado sugiere un vacío que ni mitos ni credos pudieron llenar. Antiguo como la maldad, el infierno es por ello una de las figuras más sugestivas y permanentes del proceso cultural. Las versiones primitivas carecen de retribución o condena. De atmósfera enrarecida, para los ancestros los infiernos fueron solo lugares de muerte: lo más allá de la vida; algo exánime para alojar a la nada. Con los  indicios éticos en el orden comunitario, sin embargo, prosperó la idea del castigo en un reino de sombras: fantasmas errantes, sin alegría, marcados por la nostalgia. Según Enkidú, “ahí el cuerpo está roído por la polilla, como un viejo vestido”. Sus huéspedes no son perversos, pero tuvieron en vida tan mala suerte que quedaron sin sepultura y sin dejar tras de sí una buena memoria. Por consiguiente, los “condenados al olvido” abandonaron el mundo de los vivos sin nadie que se ocupara de su espíritu.

La mitología babilónica, heredera de Sumer y Akkad, muestra hacia el segundo milenio a.C, el primer código de exigencia moral –el Hamurabi-, que regula el orden social con penas proporcionales a los delitos. Otros textos sumerios o acadios demuestran que así sea de polvo o tinieblas, la estancia en los infiernos no ofrece remanso. Los espíritus desnudos vuelan al azar, alimentados con barro. Carecen de opción y de juicio y permanecen atrapados en un sufrimiento intemporal. No hay salida ni esperanza de redención. La diosa Ereshkigal, dueña de los lugares siniestros, jamás otorga reposo a sus víctimas. Otras versiones agregan a los espíritus alados una cohorte de dioses monstruosos, que tampoco paran de prodigar castigos.

De Mesopotamia es la fuente inspiradora de la demonología medieval absorbida por varios credos, incluido el cristianismo. No falta en tan rica mitología un “defensor del mal”, abuelo del temible y también alado Satanás, solo que con la cabeza de un ave zu y humanoides sus cuatro pies y sus cuatro manos. Es decir que, desde sus orígenes, cualquier infierno o demonio manifiesta la humanización perversa de la vida.

El nombre del demonio primordial o agente perverso de la Muerte significa “lleva rápido”: “Tenía un cuerpo negro como la brea y su rostro era como el de un zu; llevaba una capa roja, un arco en la mano izquierda y una espada en la derecha: Su pie izquierdo pisaba una serpiente...” Amo del terror, tal estampa simboliza execración y fealdad. Es chillido violento, crueldad reconcentrada y verdugo sobrenatural, encargado de distribuir condenas entre seres inferiores. Arquetipo de la sevicia, el demonio encarna el rechazo deliberado de Dios al ser, él mismo, una fuerza contraria al Bien.  En sus orígenes alejado de la versión bíblica, este ser no incita a los humanos a imitarlo, como en su hora lo haría Lucifer/Satanás con los residentes del Paraíso.

La instauración de normas coincide, según la época y la geografía, con  el Tártaro griego, el Mictlán de los remotos mexicanos, el seol de los antiguos hebreos, el karta (hoyo), vavra (prisión) o parshana (sima) o morada subterránea de los muertos, correspondiente al periodo védico de la India. Por su parte, el Walhalla evolucionó de morada tenebrosa para guerreros vikingos a palacio, donde a los espíritus privilegiados les aguarda una vida espléndida al lado de Odín. Así surgieron también el Hel (lugar oculto) entre los germánicos, el inferum (lugar de abajo) en alusiones monoteístas y el inferi: término reservado por los cristianos para referirse a los infiernos “paganos”, especialmente en las traducciones de la Biblia.

Tanto los monumentos funerarios, la pintura mural, la escultura y la literatura como la estructura política del poder faraónico, contienen elementos metafísicos, propios de un refinado y complejo sistema escatológico. Arquetipo de la vida después de la vida, en el remoto Egipto los muertos reproducen “en negativo” la existencia de este mundo de luz, salvo que en el reino de Osiris su experiencia no corpórea queda expuesta a degradaciones sucesivas, según el veredicto de los dioses. De ahí la perfección adquirida en la técnica para embalsamar cadáveres.

El más allá es el viaje por excelencia. Guiados por el mapa grabado en el sarcófago, los yacentes “entran” a la muerte mediante una complicadísima travesía hacia el Oeste. Según el Libro de los muertos, el difunto, guiado por Anubis, debe enfrentarse a un tribunal implacable. De pie ante Osiris, asistido por cuarenta jueces inmortales, el alma debe examinar la letanía de malas acciones y deslindar, una por una, las cometidas de las no cometidas. Esta es la última oportunidad de arrepentirse y purificarse o, en su defecto, sobre el Ba o alma caerá la sentencia de una segunda muerte.  Si así fuera, el enjuiciado habrá de penar sus faltas con mayor intensidad. Generoso aunque justo en cierta forma, el procedimiento anticipa el valor expiatorio y contrito de la confesión.

El juicio divino entraña numerosos enigmas desde el imperio faraónico hasta nuestros días. Bajo el supuesto de que el mentiroso, tentado por un temor sobrenatural, también pretenderá engañar a sus jueces, algunos egiptólogos suponen que la escena no se realiza frente al alma del difunto, sino que el acusado conserva aún vestigios de vida cuando los dioses lo llaman a cuentas. De tal modo, el moribundo o “muerto” en tránsito tiene una última oportunidad de purificarse mediante el auxilio de sortilegios. Debe no obstante renunciar a faltas tan graves como la ira, la codicia, el orgullo, la envidia, el robo, el asesinato y, desde luego, la mentira.  En caso contrario, por persistir en la negación de la verdad, recibe la condena de la “segunda muerte”, emparentada a la idea moderna del infierno, donde sufrirá una eterna degradación hacia la nada. El castigo es pavoroso para que, al menos por miedo, los vivos elijan la virtud sobre la malicia. Sin duda, la escatología medieval se inspiró en estos modelos al discurrir sanciones correlativas a los pecados capitales.

La esencia del infierno, en cualquier caso, sugiere una frustración radical, un fracaso irremisible de la vida. En tanto y la angustia se entroniza bajo la quimera del progreso, las figuras dantescas se minimizan en el inconsciente colectivo. El mal sueño de los ancestros palidece frente a lo que Freud tuviera por malestar de la cultura y sus sucesores como el tormento interior que, de manera insidiosa y de preferencia expansiva, se exterioriza hasta convertirse en expresión del pensamiento contemporáneo. De este modo, ya no es “el otro” sartreano el infierno de la angustia, sino el yo la causa del verdadero tormento.

Entrevista al hombre de la historia

André Malraux se lamentó en La hoguera de encinas de que un gran artista, pintor, escritor, filósofo o músico no hubiera publicado un diálogo con “un hombre de la historia”. Pensó en registros de primera mano sobre encuentros y desencuentros entre, por ejemplo, Miguel Ángel y Julio II, Alejandro y los filósofos de la India, Goethe o Chateaubriand y Napoleón u otros que, aunque rodeados de testigos, carecieron del informante culto y digno de crédito, capaz de cavar en el carácter, el entorno y la significación del entrevistado.

Para no desatender el llamado, conversó a profundidad con el general de Gaulle, ya alejado del Élysée, para desvelar al Charles que, a sus 76 años de edad y en su retiro de Colombey, ya no podía decir “Francia soy yo”, aunque lo había sido inclusive a pesar de los franceses y en ocasiones también con ellos. Apasionantes, como la totalidad de sus Antimemorias, estos “fragmentos” sobre uno de los capítulos inseparables de la Europa moderna muestran al lector otro modo de interpretar la política. Hombre de mando y acción uno y aventurero y de pensamiento el otro, los dos coincidieron en más de un aspecto al “resucitar a Francia”. Un hecho, sobre lo demás, hizo imposible referirse al gaullismo sin la empresa civilizadora del que fuera su Ministro de Asuntos Culturales: su común certeza de cuán indispensable es la inteligencia educada en la construcción de una sociedad abatida.

En nuestras letras hay varios faltantes, pero el capítulo sobre las complejas no obstante estrechas relaciones entre escritores y políticos es un pozo, intocado aún, de asombros y revelaciones. Alfonso Reyes, Octavio Paz, Carlos Fuentes y Gastón García Cantú, entre tantos escritores vinculados al poder, no registraron su trato con gobernantes, miembros del clero ni hombres del o contra el sistema. Fieles al secreto, antes que a la memoria, se llevaron a la tumba testimonios, lapsus y frutos del lado oscuro. Por lealtad al confidente y no valorar este depósito de saber, la historia está llena de agujeros. Desatendieron que el escritor completa y recrea lo que el historiador apunta o con suerte intuye. Un tartamudeo aquí, un adjetivo allá, la mirada esquiva, el temblor que traiciona, la pausa, el desafío, una presencia inesperada o cuanto escapa al control del observado: todo, de preferencia el detalle,  define al hombre solo que, frente al espejo de la palabra, dice lo que el habla disfraza.  Sin embargo, no obstante ejercer la crítica en cuestiones públicas, estos observadores tocados por la curiosidad política, no se atrevieron directamente con el “rey desnudo”.

De un  López Portillo atenazado por el sentimiento de culpa al De la Madrid fumador compulsivo, de habla cancaneada y lleno de tics o del insolente Salinas que gustaba tender trampas y enredar a incautos hasta el anodino Zedillo, y de la borrosa presencia de ese Ernesto sin sustancia al par de sucesores panistas que no ofrecen desperdicio, el México contemporáneo es un manjar para narradores, ensayistas y psicoanalistas. No que los antecesores no dejaran una larga sombra durante su paso por las codiciadas viñas del poder, sino que la memoria de los mexicanos es de corto espectro y hay que agitarla con baños de verdad.

Ignoro si los escritores citados consideraron que, precisamente por calibrar su estatura y pobre herencia política y social, no se interesaron en describirlos ni en crear un retrato para las generaciones venideras. Hay que reconocer que nuestro país no es pródigo en “hombres de la historia”. Tampoco tenemos equivalentes o siquiera emparentados a los que, desde el intrépido Alejandro de Macedonia y sin descontar a Mao Zedong, Sukharno, Nehru, Kennedy y otros que atraparon la curiosidad de Malraux, fueran considerados sus pares. Lo interesante es destacar que La hoguera de encinas trasmite equidad entre el apasionado del saber y el hombre de poder: algo que, por cierto, se antoja impensable en nuestro entorno.

Malraux vislumbró la trama sutil entre pasado y presente y la siguió con asociaciones felices. Deslindó el fervor religioso de la pasión política. Sensible a la presencia y al significado del héroe, supo que en la acción existen contingencias irreproducibles. Varias veces coincidió con Einstein, aunque dos observaciones suyas lo influyeron poderosamente: una, “La palabra progreso no tendrá sentido mientras existan niños desgraciados”; otra, a propósito de Gandhi, “El ejemplo de una vida moralmente superior es invencible”. Sembrado de frases que no dejan indiferente a nadie, entre su voz y la de De Gaulle, no siempre definidas, aparecen verdades/daga, como ésta: “los gigantes políticos nunca lo son”. Distintivo de su obra, persigue de un tema a otro la huella del destino inclusive entre quienes, como su interlocutor, escapaban de él. 

Varias veces he releído las Antimemorias. Hay pasajes que podría repetir casi de memoria. En ningún caso he dejado de descubrir atisbos y logros singulares. Su agudeza descriptiva, según consta en el estremecedor capítulo sobre la marcha fúnebre de las cenizas de Jean Moulin, logra niveles insuperables. En cierta forma, entraña una de sus preocupaciones más permanentes: el dialogo entre el ser humano y el suplicio, quizá porque es más profundo que el dialogo entre el hombre y la muerte. En esa ocasión, como en su entrevista con De Gaulle, confirmó que la gente quiere que la historia se parezca a sus sueños. Aunque la palabra grandeza ha acabado por significar el fausto y una expresión teatral de las historia, el dolor, la tortura o la guerra demuestran que es el Mal y no la Muerte lo que cifra la duda de Dios.

Fabulador, enemigo de la confesión, constructor de su propia leyenda, incapaz de mostrar debilidades y testigo privilegiado de los grandes acontecimientos del siglo pasado, Malraux tuvo el acierto de retratar de cuerpo entero “una voluntad que mantuvo en vilo a toda Francia”. En Les chênes qu’on abat… casi se toca el sentimiento de eternidad compartido por su admirado De Gaulle. Su retiro durante los últimos meses de su vida y hasta su muerte, el 9 de noviembre de 1970, facilitaron que  el héroe de la II Guerra Mundial e instaurador de la V República hablara en libertad no con el que fuera colaborador, sino con el escritor que, en su hora, hizo decir a Camus que no podía recibir el Nobel porque le correspondía al autor de La condición humana, a quien consideró un talento de excepción.

Desmesuradamente alto y ya tocado por el desaliento y la sensación de abandono, Charles/Francia por fin exhibió un gesto fatigado al mirar la nieve tras la ventana. Cuando sentado en su sillón de cuero, acariciaba distraídamente al gato mientras hablaba de la muerte. La muerte de uno y la de las personas que hemos querido. La muerte que solo tiene importancia en la medida en que nos hace pensar en la vida. La muerte como acto de fe y ajuste de cuentas. Y, como en susurro, como si estuviera solo, aquel monumental De Gaulle, reducido al hombre que finalmente era, dijo:

“No es cierto que las experiencias más profundas dominen nuestras vidas. En la acción, sí. Pero no fuera de ella…”